Hace mucho
que no escribo… es cierto. Sigo apareciendo por aquí, echo un vistazo a varios
pensamientos que sí se asoman por estos lares y vuelvo a mi mundo no sólo
formado por palabras. Lo sé. Sé que no mantengo el mismo ritmo que un día
seguí, pero… aunque sea un poco egoísta por mi parte, en estos momentos no tengo
la imperiosa necesidad de plantarme frente al PC a desgranar mis pensamientos
porque tengo la inmensa suerte de poder darles vida de forma directa.
Es
cierto que de vez en cuando me asalta la nostalgia de dejar volar mi mente y
compartir con el mundo lo que ronda por mi interior, pero el calor de sus
brazos rodeándome en el sofá me hace desistir de forma inmediata de mi
intención de abrirme a una hoja en blanco.
El
regalo diario de su compañía me hace olvidar en ocasiones que fuera de aquellas
paredes continúa existiendo el mundo. Ver cómo nuestra vida diaria es mejor de
lo que jamás soñé me genera el apetito egoísta de disfrutar del momento junto a
él y la pequeña que llena de sonrisas cada rincón de la casa.
Sé que
no es nada nuevo. Sé que él ya lo sabe (me encargo de decírselo cada día), pero
quiero recordarle al mundo que mi vida es mucho mejor desde que él existe en ella. No
es sólo por sus detalles (al comprarme magdalenas para que comparta con él las
delicatesen que prueba), no es únicamente por sus sorpresas (por hacer realidad
en poco tiempo muchos de los sueños que había tenido durante toda mi vida), no
es por el cariño que nos demuestra constantemente ni por la delicadeza con la
que siempre nos trata; sino también por sus ganas de vivir y querer compartir
su vida conmigo, por su entusiasmo frente a los cambios que presenta la vida,
porque cree en mí y me lo demuestra siempre, haciendo que me sienta capaz de traspasar
la frontera del miedo agarrada de su mano.
Ya sé
que él lo sabe. Incluso cualquiera que me haya leído antes lo sabrá. Aún y
aunque haga tiempo que no lo escriba, cada segundo que pasa le quiero un
poquito más...


